El bote... ay, el bote. Porque no somos folclóricas, que si no le dedicaríamos una copla a este innoble juego, que tantas alegrías y disgustos ha dado a los bolsillos de los tábanos durante un montón de años.
Y es que se le echa de menos. Porque era tan especial ver aparecer a los señores del bote con su mesa, su tapete, sus cartas, esa especie de farolillo de gas, esos dos dados de la suerte que siempre tenían una clara tendencia a caer en el 5 o el 6 salvo cuando te la jugabas tú y esas almendras garrapiñadas que congregaba a todos los niños alrededor a ver si con carilla de pena caía un puñaito.
Pues si, podría no gustarte el juego o ser un ludópata de libro, que al final todos picábamos y el que más y el que menos algo dejaba en esa mesa. Desde el que ponía una triste moneda de 20 duros entre dos cartas a ver si le sonreía la suerte y así poder invitar a una ronda, hasta el que iba con el fajo de billetes de mil duros en la mano despertando el asombro de la mesa... A más de uno cuando salían los dados no le cabía ni el bigote de una gamba por el agujero del culo.
Lo dicho, se le echa de menos. Que vuelva... y que lo hagan deporte olímpico de interés cultural y patrimonio de la humanidad. Que muchos son los cuartos que allí se han jugado.